Tres lunas pequeñas brillaban en el cielo. El aire era tenue, pero respirable; hacía mucho que Muller había dejado de notar que contenía demasiado nitrógeno y poco oxígeno. También le faltaba un poco de dióxido de carbono; una de las consecuencias era que casi nunca bostezaba. Eso no le preocupaba. Aferrando con fuerza la culata de su pistola, anduvo lentamente a través de la ciudad extraña, buscando su cena. Eso también formaba parte de una rutina fija. Tenía comida para seis meses almacenada en un depósito antirradiactivo a medio kilómetro de distancia, pero todas las noches salía de caza, para poder reponer inmediatamente lo que retiraba de su escondrijo. Era una forma de matar el tiempo. Y necesitaba que el escondrijo estuviese lleno, el día en que el laberinto le hiriera o le paralizara. Sus ojos penetrantes observaron las calles angulosas. A su alrededor se levantaban los muros, pantallas, trampas e ilusiones del laberinto dentro del que vivía. Respiró hondo. Apoyaba cada pie con firmeza antes de levantar el otro. Miró en todas las direcciones. El triple claro de luna analizaba y disecaba su sombra, dividiéndola en imágenes que se multiplicaban, que danzaban y se extendían ante él.

El detector de masas que llevaba sobre su oreja izquierda emitió un sonido agudo. Eso dijo a Muller que había captado la emisión térmica de un animal que pesaba más de 50 kilos y menos de 100. El detector estaba programado para buscar en tres niveles; éste era el nivel medio, el de los animales alimento. El detector también informaba de la proximidad de criaturas entre 10 y 20 kilos — el nivel de los animales dentados — o de las bestias de más de 500 kilos, el nivel de la caza mayor. Los más pequeños tenían el hábito de lanzarse velozmente a la garganta y los grandes eran como apisonadoras; Muller cazaba los del medio y evitaba a los demás.



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