Se agazapó, con el arma dispuesta. Los animales que vagabundeaban por el laberinto, allí en Lemnos. Podían ser cazados sin necesidad de estratagemas: se vigilaban mutuamente, pero pese a los largos años que Muller llevaba allí, no habían aprendido que éste era un predador. Evidentemente, hacía varios millones de años que ninguna forma de vida inteligente cazaba en el planeta, y Muller había estado matándolos para llenar el morral todas las noches sin que hubiesen aprendido nada sobre la naturaleza de los hombres. Cuando cazaba, su única preocupación era disparar desde un lugar de observación seguro, de modo que, al concentrarse en su presa, no corriera el riesgo de ser víctima de otro animal más peligroso. Con una especie de espuela que estaba montada en el talón de su bota izquierda exploró la pared que había detrás de él, asegurándose de que no se abriría para tragarlo. Era sólida. Mejor así. Muller retrocedió lentamente hasta que su espalda tocó las piedras frescas y pulimentadas. Su rodilla izquierda se apoyó en el suelo, que cedió apenas. Tomó puntería. Estaba a salvo. Podía esperar. Pasaron, quizá, tres minutos. El detector de masas continuó gimiendo; eso indicaba que el animal estaba dentro de un radio de cien metros. El tono subía ligeramente a medida que la emisión térmica era más fuerte. Muller no tenía prisa. Estaba a un lado de una vasta plaza rodeada por brillantes paneles de cristal, y cualquier cosa que surgiera bajo aquellos brillantes cuarzos crecientes sería un blanco fácil. Aquella noche, Muller estaba cazando en la zona E del laberinto, el quinto sector desde el centro y uno de los más peligrosos. Raramente iba más allá de la zona D, relativamente inocua, pero un estado de ánimo temerario le había empujado esa tarde hasta E. Desde que había conseguido entrar en el laberinto nunca se había arriesgado a volver a G o a H y sólo dos veces había llegado a F. Iba a E cinco veces al año, quizá.



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