Las líneas convergentes de una sombra aparecieron a su derecha, sobresaliendo de una de las paredes curvas de cristal. El zumbido del detector de masas llegó al punto más alto del espectro tonal para animales de aquel tamaño. La luna más pequeña, Atropos, moviéndose rápidamente en el cielo, cambió el dibujo de las sombras; las líneas ya no eran convergentes y ahora una barra negra atravesaba a las otras dos. Muller sabía que era la sombra de un hocico. Un instante más tarde vio a su víctima. El animal tenía el tamaño de un perro grande, hocico gris y cuerpo leonado, hombros cargados; era feo y espectacularmente carnívoro. Durante sus primeros años allí, Muller había evitado cazar carnívoros, pensando que su carne no sería sabrosa. En cambio, había perseguido a los equivalentes locales de las vacas y ovejas, pacíficos ungulados que se desplazaban alegremente por el laberinto, comiendo la hierba de los jardines. Sólo cuando su suave carne le hartó, se decidió a perseguir a una de las criaturas con zarpas que cazaban a los herbívoros y, para su sorpresa, su carne resultó excelente. Vigiló al animal que entraba en la plaza. Su largo hocico se contraía. Muller le oía olfatear desde su escondite, pero el olor de un hombre no significaba nada para la bestia.

El carnívoro se adelantó por el elegante pavimento de la plaza, confiado y presuntuoso; sus garras golpeaban y rascaban el suelo. Muller afinó su rayo hasta que tuvo el diámetro de una aguja y apuntó con cuidado, fijando la mira primero en los hombros y luego en los cuartos traseros. La pistola estaba sensibilizada a la proximidad del blanco y era capaz de matar automáticamente, pero Muller siempre conectaba el disparador manual. El y su pistola se proponían fines diferentes: a la pistola le preocupaba matar, y a Muller, comer. Era más fácil apuntar por su cuenta que tratar de convencer al arma de que un golpe a través de la tierna y jugosa paletilla le privaría del trozo más sabroso. La pistola, buscando el blanco más simple, apuntaría a la espina dorsal a través del hombro, para matar a la bestia. Muller aspiraba a una mayor fineza.



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